Literatura de tradición oral

Hace unos días charlábamos animadamente en la librería sobre esos cuentos que nos han llegado de “de boca a oreja” y que forman parte intrínseca de nuestro entorno familiar. Historias que no hemos leído o que al llegarnos por otros cauces traen versiones variadas como si se hubieran ido transformando en función de los lugares que han visitado.

El cuento de “El torico” o “El torito” está íntimamente ligado a la historia de mi familia. Ha pasado de generación en generación hasta hoy día y de todos los cuentos familiares es el que mejor recordamos y el que con más frecuencia rememoramos en las reuniones familiares. Es un cuento de fórmula, un cuento “maravilloso”, en el que lo más destacable es la presencia de una misteriosa maldición fuertemente ligada a la amistad ente un toro y un niño. En él los personajes son muy potentes, tanto los reales (madrastra, niño) como los “encantados” (torico, seres feroces). Se trata de una historia clásica sobre el bien y el mal que acaba de una forma feliz. En este cuento maravilloso, de encantamiento, están presentes los adversarios sobrenaturales (un misterioso maleficio y terribles seres carnívoros), el encantamiento que padece el torico y todo el mundo que le perteneció antes del hechizo, y, por último, los protectores/ayudantes representados en el torico y con un curioso  intercambio de papeles en los dos bloques principales de la historia (el toro protege al niño y el niño salva al toro). Aunque conviven todos estos elementos la historia es, desde mi punto de vista, un ejemplo clásico de “encantamiento”. El torico mantiene las fórmulas tradicionales de inicio y final y cuenta con poderosos motivos o imágenes primordiales.

Sin más tardanza os cuento la historia:

Érase una vez un niño que vivía con su padre y una madrastra hasta que un día el padre murió. A partir de ese momento la vida del niño se convirtió en algo muy triste ya que la madrastra no le quería nada de nada, hasta el punto de que le enviaba todos los días a buscar comida por esos mundos de Dios y si no conseguía nada, la madrastra le castigaba dejándole sin comer.

El niño salía cada día a conseguir alimento pero con frecuencia le iba mal y volvía sin nada a casa donde le esperaban malas palabras y mucha, mucha hambre. El niño estaba cada vez más triste y más delgado, se pasaba las horas dando vueltas y para descansar solía refugiarse en un bosque acurrucado al pie de los árboles. En una de estas ocasiones el niño vio entre las plantas del bosque a un precioso toro. Era negro como la noche y brillaba como las estrellas. Parecía tranquilo y feliz mientras pastaba.

El niño, escondido, le observaba mientras se lamentaba. ¡Cómo me gustaría tener un amigo! ¡Cómo me gustaría que alguien me quisiera! ¡Cómo me gustaría no tener que estar siempre solo!

De pronto se oyó una voz que decía:

–          ¡Eh, tú! ¡Ven aquí!

El niño dio un respingo y frotándose los ojos, respondió:

–          ¿Es a mí?

Aquello parecía imposible. ¡Un toro que hablaba! ¿Dónde se había visto cosa igual?

–          Sí, tú, niño. Ven aquí a jugar conmigo.

El niño se acercó con  cautela, muy despacito y sin poder creerse lo que estaba sucediendo. Cuando llego hasta el torico ya no le quedó duda: aquel torico hablaba.

–          No sufras tanto y seamos amigos. Te llevaré a conocer el bosque  -dijo el toro.

El niño se montó encima del toro y juntos recorrieron el bosque. Saludaron a todos los animales ya que el toro los conocía a todos y estaba encantado de presentarles a su nuevo amigo. Entraron en cuevas misteriosas, dieron la vuelta al árbol más grande del mundo, dieron vueltas y revueltas en la hierba fresca y se lo pasaron en grande hasta llegar al río. Allí el toro y el niño jugaron con el agua, se bañaron, se salpicaron, echaron carreras acuáticas y se rieron hasta dolerles las costillas. Estaban pasándolo estupendamente cuando el niño se dio cuenta de que se estaba haciendo tarde y le dijo al torico.

–          Tengo que irme a casa y no he conseguido nada de comer. ¡Ay, Ay, la que me espera!

El torico no entendía aquello así que el niño le habló de su hambre y de su madrastra, de su soledad y de su tristeza.

El torico le miró fijamente y puso fin a sus problemas:

–          No te preocupes más. Olvídate del hambre y de tu madrastra y ven todos los días a verme. Conmigo no pasarás hambre porque si tocas mi cuerno derecho obtendrás toda la comida que desees. Pero ¡Ten cuidado! Jamás me toques el cuerno izquierdo porque entonces me vuelvo loco y arremeto con furia, corneando hasta matar.

A partir de ese día el niño no volvió a pasar hambre. Pasteles, frutas, dulces, pan, leche… todo lo que deseara surgía del cuerno derecho del toro sólo con tocarlo. Así que cada día el torico y el niño jugaban olvidándose de las penas.

Pero la madrastra estaba cada vez más extrañada. ¿Qué pasaba con el niño que no comía nada y estaba cada día más gordo? Con la mosca detrás de la oreja, la madrastra decidió espiar al niño así que un día le siguió hasta el bosque y allí vio cómo el niño tocaba el cuerno y empezaba a surgir un auténtico banquete. Cuando el niño y el torico se quedaron dormidos, la madrastra se acercó sigilosamente y tocó el cuerno izquierdo del toro. Entonces, de repente, el toro se levantó furioso y empezó a cornear a la madrastra hasta matarla.

El niño lloraba asustado y decía sin parar:

–          ¿Qué va a ser de mí ahora? Mi madrastra era mala conmigo pero por lo menos tenía un lugar donde vivir. ¿Dónde iré a parar ahora? ¿Dónde dormiré?

El torico le tranquilizó y le dijo con voz suave:

–          No te preocupes más. Yo te llevaré al palacio que hay arriba de la montaña. Allí te cuidarán y te protegerán y podrás vivir feliz… pero para poder llegar sanos y salvos tendremos que tener mucho cuidado porque la montaña está hechizada y hay que caminar en silencio. El más mínimo ruido pondría en marcha el hechizo y las plantas y las piedras del camino se convertirían en seres feroces que nos devorarían.

Dicho y hecho. El niño se montó encima del torico y éste emprendió el camino muy despacio y en silencio. Iban a paso tan lento que el niño empezó a sentir sueño y se quedó dormido. Dormía tan profundamente que no se dio cuenta de que su zapato iba chocando con las plantas y estaba cada vez más flojo… hasta que se le cayó y, con el ruido, el hechizo de la montaña se despertó. El toro le gritó: ¡ corre niño, corre! ¡Sálvate! Llega hasta el palacio y cuéntales lo que ha pasado. Allí te cuidarán bien.

Las plantas y las piedras, transformadas en seres monstruosos, devoraban al torico que luchaba con fuerza hasta que ya no pudo más y cayó muerto.

El niño llegó corriendo hasta la puerta del palacio donde le abrieron sin sorpresa y le preguntaron por qué lloraba tanto. El niño les contó lo que había pasado y le consolaron asegurándole que a partir de entonces no tendría que preocuparse de nada y no volvería a estar solo. Y era verdad, al niño no le faltaba de nada y todos le trataban bien pero el tenía tanta pena y echaba tanto de menos al torico que todas las noches se escapaba e iba a visitar el lugar donde había muerto el torico. Era muy peligroso y estaba prohibido pero el niño no podía dejar de ir a llorar por su amigo. Y así, noche tras noche, el niño regaba con sus lágrimas la tierra donde había muerto el torico hasta que una noche, la tierra empezó a removerse.

–          ¡Ay, Dios mío! Seguro que he hecho ruido y se ha despertado el hechizo… Me van a devorar como al torico.

Pero en vez de plantas carnívoras, de la tierra surgió un niño de su misma edad con el pelo dorado como el oro y una mirada que el niño conocía bien.

–          No llores niño, soy yo… tu amigo el torico. Hechizaron mi casa, mi montaña y a mí mismo, pero tus lágrimas han roto el maleficio.

Los dos niños se abrazaron y caminaron felices hasta el palacio donde vivirían siempre juntos, contentos y sin miedo de hacer ruido.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Tags:

Deja una respuesta